Fiesta de Halloween en el ático de mi amiga Cristina. Un clásico del que siempre pude escapar con elegancia. Sin embargo este Octubre, con tanto trabajo, ni me acordé de buscar una buena excusa para huir del compromiso.
Acorralada por las circunstancias, una semana antes me vi comprando por la web un traje de Caperucita Roja. Qué horror. Pero qué otra cosa podía hacer? El mal ya estaba hecho.
Llegó el viernes y con él mi disfraz tan rojo, tan escandaloso, Y sobre todo tan diferente a mi, que tuve que hacer un esfuerzo enorme para salir con él a la calle y tomar un taxi.
Apenas mi amiga abrió la puerta, una punzada de pánico me atravesó el estómago. Esa fiesta era demasiado para mi, a pesar del cuarteto de jazz.y el ambiente relajado. Por suerte un camarero me rescató, ofreciéndome una copa de champagne. Luego vino otra y otra más. Media hora más tarde y con el miedo adormecido por las burbujas, me atreví a moverme por la espectacular terraza.
Cuando llegó la media noche, la fiesta explotó. Fuegos artificiales, DJ, música a reventar. Fue justo en ese momento cuando lo vi, en el otro extremo de la terraza.
40 años, tal vez? Alto, delgado, con un smoking espectacular . Su presencia era majestuosa, en medio de ese caos de ruido y producciones fallidas. Sin embargo lo que más me llamó la atención fue su antifaz y esas orejas inconfundibles.
-Qué interesante -pensé. El personaje de Perrault con antifaz veneciano.
Entonces reparó en mi y asintiendo con la cabeza levantó su copa en gesto de complicidad.
Petrificada por la sorpresa, solo atiné a buscar con la mirada otra copa salvadora, cuando de repente una voz masculina me susurró al oido.
-Me acerqué para mirarte mejor.
Al girarme, me regaló una sonrisa tan de película que quedé extasiada, aunque algo inesperado rompió el hechizo. De un lado de su boca los dientes estaban donde tenían que estar. Pero del otro, después de los incisivos, se abría una noche oscura, un hueco negro inexplicable
Será que es un chiste de mal gusto?. Una prótesis quizá? Pero no. Los dientes no estaban.
Ante ese vacío enorme, la pregunta se me escapó sin pensarlo.
-Qué le pasa a tus dientes?
-A mis dientes? -Respondió con la mayor naturalidad y como saboreando las palabras, me dijo acercándose peligrosamente.
-No pasa nada preciosa, es apenas un detalle menor.
Y casi de un zarpazo me encontré atrapada con él abriendo la boca a punto de besarme, cuando descubrí algo aún peor que la ausencia de dientes.
Un aliento pútrido, como de baño de carretera, de madrugadas de borracheras y de días y días olvidados sin tocar una pasta de dientes, salió de lo más profundo de sus entrañas y me estalló como una bomba en toda la cara.
Ahí sí que no pude más. Me solté bruscamente de su abrazo y salí corriendo perseguida durante horas y horas por la fetidez de su boca.
Luego de minutos eternos cepillandome la boca con furia bajo la ducha, pude desprenderme de ese olor nauseabundo.
Definitivamente, Noviembre había empezado de manera feroz.






